En la antesala de las cruciales elecciones legislativas, la administración central ha desplegado una sofisticada estrategia de defensa para contener la cotización del dólar mayorista y evitar que supere el techo de la banda de flotación establecida en su esquema monetario. Esta línea de acción, que combina intervenciones en el mercado de cambios, el manejo de tasas de interés y el uso de reservas, tiene un objetivo político y económico claro: asegurar la estabilidad nominal del tipo de cambio, al menos hasta después de los comicios de octubre.
El esquema de bandas de flotación, que ya había sido puesto en jaque por la volatilidad post-electoral en la provincia de Buenos Aires, ha obligado al Banco Central (BCRA) a extremar sus herramientas de política monetaria. Fuentes del mercado señalan que la entidad ha recurrido a una combinación de ventas de reservas e intervenciones en el mercado de futuros de dólar para absorber la presión compradora y mantener la divisa a una distancia mínima del límite superior predefinido.
Este esfuerzo de contención se produce en un contexto de escasez de divisas y una constante presión inflacionaria. Economistas consultados por este medio coinciden en que la estrategia es insostenible a largo plazo, pero crítica en el corto. Según el análisis de Jorge Carrera, ex vicepresidente del BCRA, el esquema de bandas está funcionalmente agotado, ya que «no hay dólares para resistir» la demanda estructural del mercado, y el costo de mantenerlo artificialmente es fiscalmente elevado.
La derrota electoral del oficialismo en la provincia de Buenos Aires actuó como un catalizador de la inestabilidad, llevando al dólar mayorista a aproximarse peligrosamente al techo de la banda. La respuesta del mercado, con una suba del riesgo país y una venta masiva de bonos, refleja la desconfianza de los inversores ante la inconsistencia percibida en el programa económico, especialmente en su capacidad para acumular reservas genuinas en el mediano plazo.
Analistas de FIDE, un think tank económico, sostienen que, una vez perdida la credibilidad en el instrumento de flotación, ni las altas tasas de interés ni las intervenciones directas logran sofocar la expectativa de devaluación. La apuesta oficial parece ser ganar tiempo: transmitir la idea de un statu quo hasta el día de la elección, bajo el supuesto de que una vez superada la instancia electoral, el reordenamiento fiscal y una nueva etapa de negociaciones con organismos multilaterales restablecerán la confianza.
Sin embargo, el consenso entre los expertos indica que la banda de flotación tiene «fecha de vencimiento», independientemente del resultado electoral. La necesidad de un tipo de cambio más alto para recomponer las reservas y atender las exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI) sugiere que, tras octubre, el equipo económico deberá enfrentar la inminente corrección cambiaria, iniciando posiblemente una nueva fase de flexibilización del esquema cambiario.















