La economía argentina asiste a un fenómeno monetario de gran magnitud con la consolidación del denominado «súper peso», impulsado por un desplome sostenido en las cotizaciones de los tipos de cambio financieros y del mercado informal. Durante la jornada bursátil de este martes 26 de mayo, la divisa estadounidense acentuó su sendero bajista, lo que empujó a la moneda nacional a alcanzar su nivel de apreciación cambiaria más elevado en términos reales desde fines del año 2017. El escenario genera entusiasmo en los despachos del Banco Central, pero abre un intenso debate entre los economistas respecto del impacto de la brecha y la sostenibilidad de la competitividad externa de la producción local.
La fuerte contracción de la demanda de pesos, combinada con la continuidad de la disciplina fiscal y monetaria que implementa el Ministerio de Economía, ha secado la plaza de liquidez en moneda local, obligando a corporaciones e individuos a liquidar tenencias en dólares para hacer frente a sus obligaciones fiscales y costos operativos. Según analistas financieros de la City, el ingreso de divisas proveniente de las liquidaciones del sector agroexportador actuó como un factor de presión adicional en la oferta, neutralizando cualquier intento de rebote en las cotizaciones del dólar MEP y del Contado con Liquidación (CCL).
Este fortalecimiento del peso tiene un impacto inmediato y favorable en las proyecciones de inflación de corto plazo, dado que ancla los precios de los bienes transables y abarata los costos de los componentes e insumos importados para la industria. En sus últimos informes, las principales consultoras privadas debieron corregir a la baja sus estimaciones del índice de precios para el bimestre actual, anticipando una convergencia más rápida de lo previsto hacia los objetivos de un dígito mensual fijados por el equipo económico de Luis Caputo. La pax cambiaria se ha transformado, de este modo, en el principal escudo del programa oficial.
Sin embargo, el fenómeno del «súper peso» enciende luces de alerta entre los sectores industriales y las economías regionales orientadas a la exportación. Cámaras empresarias de diversos rubros comenzaron a advertir de manera formal que los costos de producción medidos en dólares —particularmente los salarios, las tarifas de energía y la logística interna— se han encarecido de manera drástica, erosionando los márgenes de rentabilidad y dificultando la colocación de productos argentinos en los mercados internacionales frente a competidores directos de la región como Brasil o Chile.
Desde el punto de vista macroeconómico, los especialistas discuten si esta situación representa un proceso de apreciación genuino basado en el aumento de la confianza y el flujo de inversiones, o si se trata de un atraso cambiario inducido por la vigencia de restricciones al acceso al mercado de cambios que distorsionan el valor real de la divisa. El Banco Central mantiene el esquema de microdevaluaciones diarias (crawling peg), resistiendo las presiones del sector agropecuario para realizar un salto devaluatorio, bajo el argumento de que la productividad estructural de la economía debe ganarse mediante reformas tributarias y de infraestructura, y no por la vía de la licuación monetaria.
El cierre de las operaciones cambiarias consolida una realidad que pocos anticipaban a comienzos de año. La proyección para el mediano plazo dependerá de la decisión del Ejecutivo respecto del desarme del control de cambios (el cepo); una unificación cambiaria exitosa con un peso fuerte confirmaría el cambio de paradigma monetario de la Argentina. Mientras tanto, el «súper peso» sigue marcando el pulso de la realidad financiera del país, atrayendo el interés de los fondos de inversión internacionales que buscan altos rendimientos en moneda local y transformando radicalmente la conducta de ahorro de una sociedad históricamente dolarizada.















