La Confederación General del Trabajo (CGT) atraviesa su primera crisis de unidad bajo la nueva conducción, tras la decisión unilateral de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) de convocar a un plenario de gremios industriales. Liderada por Abel Furlán, la UOM ha decidido desmarcarse de la estrategia de «prudencia» que mantienen los sectores mayoritarios de la central obrera, llamando a decidir de forma autónoma un paro con movilización. Este movimiento evidencia una grieta profunda entre los gremios que apuestan a la negociación con el Gobierno y aquellos que exigen una confrontación directa ante la caída del salario real y la crisis del sector manufacturero.
La convocatoria de los metalúrgicos no solo responde a una urgencia paritaria, sino que funciona como un mensaje político hacia el interior de la calle Azopardo. Fuentes sindicales indican que existe un creciente malestar en las bases de los gremios industriales, que son los más afectados por la apertura de importaciones y el encarecimiento de los costos energéticos. Para la UOM, los tiempos de la «mesa chica» de la CGT no coinciden con la velocidad de la pérdida de empleos en las fábricas, lo que ha forzado este intento de construir un bloque de resistencia más combativo y dinámico.
En el centro del conflicto se encuentra la puja por la representatividad del movimiento obrero frente a las reformas laborales impulsadas por el Ejecutivo. Mientras que los sectores vinculados a los servicios y el transporte prefieren mantener canales de diálogo abiertos para preservar sus estructuras, los gremios industriales ven en el actual modelo económico una amenaza existencial a largo plazo. Según analistas laborales, esta división podría derivar en una fragmentación de facto de la CGT, similar a las rupturas históricas que sufrió la central en décadas anteriores ante contextos de ajuste económico severo.
Desde el Ministerio de Trabajo y la Casa Rosada observan con atención este quiebre, ya que una CGT dividida pierde poder de fuego en una eventual huelga general. Sin embargo, la autonomía de la UOM también implica un riesgo de desborde social, ya que el sector industrial tiene una capacidad de movilización significativa y cuenta con el apoyo de otros gremios de la producción que podrían sumarse a la medida. La posibilidad de un «paro industrial» por fuera de la estructura oficial de la CGT pondría en jaque la paz social que el Gobierno intenta mantener mediante acuerdos sectoriales fragmentados.
Los próximos días serán determinantes para ver si la cúpula de la CGT logra contener la rebelión de Furlán o si el plenario convocado por la UOM se convierte en el germen de una nueva corriente sindical opositora. La presión de las bases es intensa, y el margen de maniobra de los dirigentes tradicionales se estrecha ante indicadores de actividad industrial que muestran retrocesos de dos dígitos. La retórica de la UOM apela a la identidad histórica del sindicalismo peronista, colocándose como el «último bastión» de defensa del trabajo nacional frente a lo que consideran una desindustrialización programada.
En conclusión, la crisis de la CGT refleja las tensiones de una Argentina que busca redefinir su matriz productiva. El resultado de este enfrentamiento interno no solo definirá la duración y la intensidad de las medidas de fuerza, sino que determinará quién tiene la legitimidad para sentarse a la mesa de negociaciones con el poder político. La proyección es de un clima de alta conflictividad laboral en el corto plazo, donde la unidad sindical parece ser el primer gran sacrificio en el altar de la crisis económica que atraviesa el país.















