Tras ataques cruzados a buques petroleros y de guerra, el negociador iraní Mohamad Baqer Qalibaf prometió ofensivas "más rápidas y dolorosas". En paralelo, la tensión se extiende a Líbano y Yemen mientras Donald Trump intenta minimizar el conflicto de cara a las elecciones de noviembre.
La tensión geopolítica en Oriente Medio alcanzó este domingo un nuevo punto de inflexión. La cúpula iraní anunció que abandona el esquema de retaliaciones medidas frente a las operaciones militares de Estados Unidos, advirtiendo que responderá con ataques inmediatos y de mayor alcance en el estratégico estrecho de Ormuz. La declaración sepulta semanas de frágil calma e introduce una fase de impredecible confrontación naval directa en la arteria energética más sensible del planeta.
El encargado de fijar la nueva postura fue Mohamad Baqer Qalibaf, principal negociador iraní, quien afirmó que "la era de las respuestas proporcionales terminó" y prometió acciones "más rápidas, intensas y dolorosas". Sus palabras siguieron a una seguidilla de combates navales: las fuerzas iranias atacaron un dron marítimo estadounidense y tres petroleros que circulaban sin autorización por Ormuz, además de tres buques norteamericanos. La acción fue una represalia directa al bombardeo previo de Washington contra tres barcos petroleros iraníes en puntos clave como la isla de Jark, el principal hub de exportación de crudo de Teherán.
La chispa de la actual escalada se encendió el pasado 28 de febrero con bombardeos combinados de Estados Unidos e Israel sobre territorio iraní, pero tuvo una peligrosa reactivación el 30 de agosto, cuando el Pentágono atacó infraestructura militar estratégica en el Golfo. Desde entonces, el escenario derivó en un asedio mutuo: Irán mantiene bajo virtual parálisis la navegación comercial por el estrecho por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial, mientras que las fuerzas norteamericanas imponen un bloqueo naval sobre los puertos iraníes, empujando los precios internacionales de la energía al alza.
Detrás de la beligerancia en el agua asoma un cálculo político contrapuesto. Mientras el comandante del Mando Central estadounidense (Centcom), Brad Cooper, amaga con multiplicar los ataques ("si atacan dos barcos nuestros, destruiremos tres suyos"), la Casa Blanca busca bajar el tono mediático. Donald Trump, condicionado por las elecciones de medio término que enfrentará en noviembre, insiste en encuadrar las maniobras como un "conflicto de poca monta" y promete priorizar la "guerra económica", pretendiendo distanciar a los votantes del fantasma de una guerra abierta a gran escala.
La crisis amenaza con descarrilar cualquier intento de salida diplomática e internacionalizar definitivamente las hostilidades. Los frentes secundarios no muestran contención: en Líbano, bombardeos israelíes provocaron la muerte de cuatro personas tras incursiones atribuidas a Hezbolá, mientras que en Yemen los enfrentamientos con los rebeldes hutíes respaldados por Teherán ya dejaron casi 200 muertos desde el jueves. La parálisis negociadora deja la seguridad del abastecimiento energético global a merced del próximo incidente militar en aguas del Golfo.
Con una vía marítima crítica clausurada por la fuerza y un cruce de reproches que no cede, el enfrentamiento entre Washington y Teherán ingresa en una zona de desenlace incierto. El endurecimiento de la doctrina iraní rompe las reglas no escritas que contuvieron una conflagración abierta durante meses. De cumplirse la promesa de Teherán, el próximo cruce en el estrecho de Ormuz ya no será un intercambio medido, sino el posible desencadenante de un choque regional directo e incontrolable.















