El gobernador bonaerense cuestionó la cadena nacional del Presidente contra las petroleras británicas, le recordó su admiración por Margaret Thatcher y alertó sobre la parálisis de la base naval en Ushuaia.
Axel Kicillof cruzó con dureza a Javier Milei tras la cadena nacional en la que el Presidente anunció una serie de medidas destinadas a frenar la extracción petrolera autorizada por Gran Bretaña en las Islas Malvinas. Con una marcada carga de ironía política que expone la creciente disputa por la conducción del tablero nacional, el gobernador de la provincia de Buenos Aires afirmó que al escuchar el mensaje oficial llegó a pensar que se trataba de una creación de "inteligencia artificial", al considerar inverosímil la repentina apelación del mandatario libertario a la soberanía, la unidad nacional y las consignas patrióticas.
A través de un extenso pronunciamiento difundido en sus canales digitales, el mandatario bonaerense sostuvo que al jefe de Estado el patriotismo "no le salió del corazón, le salió de un libreto". Kicillof desmenuzó los anuncios oficiales sobre las sanciones a las compañías petroleras y remarcó una contradicción central en la gestión libertaria: cuestionó que el Ejecutivo decida aplicar recién ahora herramientas punitivas que ya tenía legalmente a su disposición y subrayó que el proyecto para levantar una base militar estratégica en Ushuaia permanece completamente detenido como consecuencia del congelamiento generalizado de la obra pública.
La reacción del referente provincial se dio exactamente veinticuatro horas después de la sorpresiva alocución presidencial en cadena, en un escenario donde Kicillof busca consolidar su propio armado territorial a través del Movimiento Derecho al Futuro. En ese plano, el mandatario aclaró que su sector no pretende polemizar con la afirmación histórica de que el archipiélago pertenece a la Argentina, sino desnudar la inconsistencia de una administración que, según denunció, mantuvo hasta el momento una política exterior subordinada a los intereses geopolíticos de Estados Unidos mientras alimentaba la confrontación interna.
El aspecto más punzante del descargo radicó en el recordatorio de las propias definiciones ideológicas del Presidente. Kicillof expuso la paradoja de que quien hoy apela a la épica de Malvinas haya manifestado públicamente y en reiteradas ocasiones su admiración por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante el conflicto bélico de 1982. La crítica apuntó de lleno a señalar un intento oficial por maquillar, mediante un cambio de retórica, el impacto político del avance británico sobre los recursos naturales estratégicos en la plataforma marítima del Atlántico Sur.
El contrapunto profundiza la polarización directa entre la Casa Rosada y la Gobernación platense de cara a la reconfiguración del escenario político y electoral. Mientras el oficialismo nacional ensaya una postura de firmeza sobre los recursos hidrocarburíferos para contrarrestar los cuestionamientos a su política exterior, el peronismo bonaerense busca articular el reclamo por la soberanía territorial con las demandas socioeconómicas cotidianas, desafiando al Presidente a demostrar su compromiso con hechos concretos de gestión como la infraestructura sanitaria y educativa.
La controversia deja en evidencia cómo la causa Malvinas vuelve a situarse en el epicentro de la disputa por la legitimidad y el relato político en la Argentina. La implementación efectiva de las sanciones anunciadas contra las firmas petroleras extranjeras y el destino que el Gobierno le asigne a la postergada base de Ushuaia serán los datos concretos que determinen si el giro discursivo de Milei representó un cambio real en la estrategia de defensa territorial o simplemente una maniobra comunicacional de coyuntura.















