En el marco del Día Mundial de la Adopción, el foco se centra en Argentina en desmantelar los persistentes mitos que obstaculizan el proceso y distorsionan su propósito fundamental: garantizar el derecho de niños, niñas y adolescentes a crecer en una familia. Expertos y organismos oficiales coinciden en señalar que, a pesar de los avances legislativos impulsados por el Código Civil y Comercial de 2015, la mirada adultocéntrica sigue siendo el principal impedimento para miles de menores que esperan ser adoptados.
Uno de los mitos más arraigados es que el sistema de adopción está diseñado como un «derecho a ser padres» para los adultos con problemas de infertilidad, un error conceptual que desvía la atención del verdadero beneficiario. En realidad, el marco legal argentino y la filosofía de la Ley 24.779 (y sus posteriores reformas) se asientan en el «derecho del niño, niña o adolescente a tener una familia». De acuerdo a la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF), todo el proceso está pensado para definir de manera pronta y clara la situación de adoptabilidad de los menores, priorizando su interés superior.
La realidad estadística del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA) expone una dramática brecha entre la demanda de los aspirantes y la disponibilidad de los menores. Mientras que un porcentaje abrumador de solicitantes (se estima que más del 85%) prefiere bebés o niños de hasta tres o cuatro años, la población de niños en situación de adoptabilidad se concentra en grupos de hermanos, niños con alguna discapacidad o condición de salud, y, notablemente, en adolescentes mayores de ocho años.
Según datos recientes de la DNRUA, solo un porcentaje ínfimo de postulantes (en algunas jurisdicciones menos del 1%) está disponible para adoptar a adolescentes de 12 años en adelante. Este desequilibrio revela un miedo social y una falta de preparación para asumir la paternidad o maternidad de niños que llegan con una historia de vida compleja. Expertos en psicología familiar enfatizan que la adopción de un adolescente, si bien conlleva desafíos, es una de las experiencias más gratificantes, pero requiere que el adulto se informe y se prepare para acompañar la historia del menor.
Otra creencia extendida y errónea es que el proceso de adopción en Argentina es necesariamente largo y burocrático, llegando a «tardar años». Aunque el proceso exige informes socioambientales y psicológicos rigurosos para evaluar la idoneidad de los adoptantes, el tiempo de espera a menudo se acorta significativamente cuando los aspirantes amplían su disponibilidad de edad, aceptando a niños mayores o a grupos de hermanos. La lentitud, en muchos casos, no se debe a la ley, sino a la falta de concordancia entre las expectativas del adulto y la realidad de los niños que esperan.
El desafío para la sociedad argentina, en este Día Mundial, es asumir un cambio de paradigma. Es imperativo desterrar la idea de que la adopción es un acto de beneficencia o la solución a un problema de infertilidad, para entenderlo como un compromiso incondicional que busca reparar el derecho vulnerado de un niño a la protección familiar. Solo mediante una mayor sensibilización y la ampliación de la disponibilidad adoptiva, se podrá acortar la lista de espera de miles de niños que merecen una oportunidad para crecer en un entorno amoroso.















