
El jefe de la Federación Internacional del Automóvil, Mohammed ben Sulayem, estuvo presente en el evento encabezado por el Presidente.
El presidente Javier Milei encabezó un congreso internacional de automovilismo en el que afirmó que la Argentina reúne las condiciones necesarias para volver a ser sede de una carrera de Fórmula 1. El evento contó con la presencia de Mohammed ben Sulayem, máxima autoridad de la Federación Internacional del Automóvil (FIA), organismo que regula y autoriza el calendario de la categoría más importante del mundo del motor.
La presencia de Ben Sulayem no es un detalle menor: sin el aval de la FIA, ninguna ciudad puede aspirar a formar parte del calendario de la F1. Que el titular de ese organismo haya participado del congreso junto al Presidente argentino le da a las declaraciones de Milei un marco institucional que va más allá de un deseo político expresado al pasar.
La Argentina tuvo su propio Gran Premio de Fórmula 1 durante décadas, con el Autódromo Oscar y Juan Gálvez de Buenos Aires como sede histórica. La última carrera se disputó en 1998, y desde entonces los intentos por recuperar una fecha en el calendario nunca lograron concretarse, entre trabas económicas, logísticas y de infraestructura.
Lo que el título no dice es que Milei no anunció un acuerdo firmado ni una fecha confirmada: habló de condiciones favorables, lo que es una declaración de intención y no un hecho consumado. La diferencia entre ambas cosas, en el historial de los intentos anteriores por traer la F1, es exactamente donde se suelen frustrar los proyectos.
Los próximos pasos dependen de negociaciones formales entre el gobierno argentino, Liberty Media —empresa que gestiona comercialmente la F1— y la FIA. Esos procesos suelen extenderse años e involucran inversiones en infraestructura de circuito, garantías económicas y un estudio de viabilidad del mercado local como plaza de patrocinadores y espectadores.
El congreso sirvió para instalar la idea en la agenda pública y en los medios internacionales especializados, lo que tiene valor político y diplomático propio. Si ese impulso se traduce en negociaciones concretas o queda como una foto de gestión, es una pregunta que los hechos de los próximos meses deberán responder.















