
El atraso en pagos rozó el 13% en bancos y superó el 33% en entidades no financieras, según datos privados.
La morosidad en los créditos a familias volvió a escalar en julio, según relevamientos privados que muestran un deterioro sostenido en la capacidad de pago de los hogares argentinos. El indicador se ubica cerca del 13% en el sistema bancario tradicional, pero supera el 33% en las entidades no bancarias, que suelen atender a los sectores con menor acceso al crédito formal.
Las deudas que ya no se pueden cobrar en su forma original empujaron a los prestamistas a refinanciar obligaciones por un total de 2,6 billones de pesos. Esa cifra refleja no solo el volumen del problema sino también la estrategia de las entidades de estirar los plazos antes de reconocer pérdidas contables definitivas.
El fenómeno tiene antecedentes claros: la aceleración inflacionaria de los últimos años deterioró el salario real de amplias franjas de la población, que recurrió al crédito para sostener el consumo. Cuando los ingresos no alcanzaron para cubrir las cuotas, la mora comenzó a trepar, primero en las financieras no bancarias y luego con mayor lentitud en los bancos.
El dato más significativo es la brecha entre los dos segmentos del sistema: que la mora en entidades no financieras triplique a la bancaria revela que el estrés crediticio golpea con mucha más fuerza a los sectores informales o de bajos ingresos, que no califican para préstamos bancarios y terminan pagando tasas más altas en circuitos alternativos.
Si la tendencia no se revierte, es posible que las entidades no bancarias endurezcan sus condiciones de otorgamiento en los próximos meses, lo que reduciría aún más el acceso al crédito para los sectores más vulnerables. Un escenario de recuperación del salario real podría aliviar la presión, pero ese es un proceso que en el mejor de los casos llevaría varios trimestres.
Con 2,6 billones de pesos ya en proceso de refinanciación y una mora que no para de crecer, el sistema crediticio argentino muestra una tensión que no cierra solo con buenas proyecciones macroeconómicas. El problema es concreto, tiene nombre y apellido en millones de familias, y los datos de julio confirman que todavía no tocó piso.















