Ubicado en la esquina de Libertad y Lavalle, el Petit Colón simula una elegancia del siglo XIX, pero su estructura data de 1941 y oculta un pasado ligado a establos y carretas.
En la intersección de Libertad y Lavalle, frente a la imponente Plaza Lavalle y a solo media cuadra del Teatro Colón, el café Petit Colón se erige como una postal viva de la tradición porteña. Detrás de sus ventanales y su cuidada estética finisecular, el establecimiento combina valor gastronómico, atractivo turístico y un pasado signado por transformaciones urbanas insospechadas para los clientes que diariamente ocupan sus mesas.
El diseño interior del local recrea la suntuosidad de la Belle Époque con paredes revestidas en boiserie, tapices de gobelinos, arañas de opalina y una prominente barra con cristalero de bronce que rinde homenaje a la arquitectura de su célebre vecino. Sin embargo, el edificio actual fue levantado recién en 1941, en consonancia con la culminación de las obras de la avenida Diagonal Norte, lo que configura la fisonomía que conserva hasta hoy.
La historia del lote revela un fuerte contraste entre su presente aristocrático y sus funciones originales. Según los registros de la zona y el testimonio de vecinos históricos del lugar —como Domingo, encargado del edificio lindero desde hace más de tres décadas—, la propiedad funcionó primeramente como un establo y, con la modernización de la ciudad a principios del siglo XX, fue reconvertida en un garage de carruajes.
El aspecto más revelador del Petit Colón reside en la distancia entre la percepción del público y la cronología real del inmueble. Mientras su escenografía sugiere una antigüedad centenaria contemporánea al esplendor agroexportador, la estructura actual se levantó a mediados del siglo pasado, logrando constituirse rápidamente en un punto de encuentro por cuyas mesas pasaron tres presidentes argentinos y diversas figuras del ámbito judicial y político.
En la actualidad, el espacio integra el circuito de bares emblemáticos de la Ciudad de Buenos Aires, enfrentando el desafío de mantener intacta su mística frente al avance de nuevas propuestas gastronómicas. Su permanencia responde tanto a su valor estético como a la constante afluencia de un público heterogéneo que incluye abogados del fuero local, espectadores del teatro y visitantes internacionales.
La esquina de Libertad y Lavalle permanece como un testimonio de cómo la identidad porteña reconstruye sus propios espacios patrimoniales. Entre el recuerdo de los viejos carruajes y el movimiento diario sobre la barra de bronce, el Petit Colón consolida su lugar de relevancia en el mapa cultural e histórico del barrio de Tribunales.












