Con el recambio en la Selección, el dorsal más emblemático del fútbol mundial busca nuevo dueño tras más de siete décadas de mitos, intentos fallidos de retiro y curiosidades insólitas.
El dorsal número 10 de la Selección Argentina vuelve a quedar sin un dueño absoluto. La paulatina transición de Lionel Messi abre una nueva vacancia en la camiseta de mayor peso simbólico del fútbol global, un uniforme que no siempre ostentó la carga mística que hoy se le atribuye y que, a lo largo de casi ocho décadas de historia, pasó por la espalda de al menos noventa futbolistas con destinos tan dispares como memorables.
Las cifras frías dimensionan la magnitud de la herencia. Lionel Messi encabeza la estadística histórica tras haber utilizado la diez en 172 de sus 207 partidos internacionales con la albiceleste, escoltado en el podio por Diego Armando Maradona —quien la lució en 85 de sus 87 presentaciones— y por Arnaldo Ariel Ortega, que la vistió en 59 oportunidades. Detrás de esta trilogía de privilegio se encolumna una nómina de noventa nombres sobre un universo de casi 1.400 internacionales, donde conviven referentes como Juan Román Riquelme, Marcelo Gallardo o Pablo Aimar con apariciones recientes en ausencias del rosarino, entre ellas la de Franco Mastantuono.
La génesis del dorsal respondió a estrictos criterios tácticos antes que a búsquedas estéticas. Tuvo un ensayo informal en 1923 ante el club escocés Third Lanark —con Antonio Duarte y Manuel Seoane como portadores pioneros—, pero su adopción oficial por el seleccionado se registró en marzo de 1950 de la mano de Ángel Labruna bajo el antiguo esquema 2-3-5, donde el diez correspondía al "insider izquierdo". Durante las décadas de 1950 y 1960 el número transitó sin pretensiones sagradas por figuras como Ernesto Grillo, Enrique Omar Sívori o José Sanfilippo, hasta que en los años setenta la posición mutó del delantero de punta al enganche armador, personificado en Mario Alberto Kempes, Norberto Alonso y Ricardo Bochini.
Sin embargo, la historia de la preciada camiseta esconde fisuras burocráticas y decisiones inverosímiles. Tras el doping positivo de Maradona en el Mundial de Estados Unidos 1994, la AFA presidida por Julio Humberto Grondona impulsó en septiembre de 2001 la resolución de retirar la número 10 de la Selección; una iniciativa que la FIFA terminó vetando sin concesiones para torneos oficiales. Aquella negativa derivó en una transición de 15 años con 11 portadores distintos y una de las mayores extravagancias del fútbol moderno: en la Copa América de 1997 en Bolivia, el entrenador Daniel Passarella decidió confeccionar la lista por orden alfabético y la diez de la Selección Argentina terminó estampada en el buzo del arquero Ignacio González.
El escenario que se abre de cara a los próximos compromisos internacionales reinstala el debate sobre los criterios de asignación del dorsal. A lo largo de la era Messi, la diez permaneció vacante en 28 de sus 60 ausencias, mientras que en las restantes 32 fue utilizada de manera circunstancial por nombres como Sergio Agüero (siete veces), Ángel Correa, Paulo Dybala e incluso Ángel Di María. La determinación de quién asumirá la titularidad definitiva del número recaerá en el cuerpo técnico, que deberá evaluar si entrega la responsabilidad a referentes consolidados o a la nueva camada de talentos continentales.
La camiseta número 10 no representa un simple número de alineación, sino el termómetro institucional y político del fútbol argentino. Cada etapa de vacancia exige decidir si la casaca se entrega como un premio a la jerarquía construida o como una apuesta al desarrollo de las figuras emergentes. Más allá de las especulaciones tácticas, la prenda que sobrevivió a reglamentos rígidos, bloqueos de la FIFA e insólitos experimentos organizativos vuelve a quedar a la espera de un intérprete capaz de cargar con su peso histórico.















