En una profunda disección sobre el sufrimiento y el deseo, el reconocido psicoanalista cuestiona la obsesión contemporánea por la felicidad constante, propone la idea de “faltacidad” y define al amor como un pacto ético frente a la muerte.
Gabriel Rolón volvió a poner en jaque el imperativo contemporáneo de la felicidad permanente, proponiendo en su lugar una cruda pero liberadora aceptación de la finitud humana. En una entrevista exclusiva brindada a LN+, el psicoanalista y escritor desarmó las ilusiones del optimismo vacío para advertir que la verdadera tragedia de la existencia no es el sufrimiento, sino la desaparición de la memoria afectiva en los otros. “La peor de las condenas posibles es que te olviden; no hay otra muerte que el olvido”, disparó el autor, situando el legado y la huella de los vínculos como la única trascendencia real frente a la inevitable mortalidad.
Durante la conversación, estructurada bajo las premisas teóricas de su libro La Felicidad, Rolón diseccionó el peso del superyó —aquella instancia psíquica que encarna los mandatos y expectativas ajenas— como el principal saboteador de la realización del deseo genuino. En oposición a la quimera de una plenitud absoluta que suele frustrar y enfermar a los sujetos, el terapeuta introdujo el concepto de “faltacidad”. Se trata de un neologismo que propone integrar las ausencias, los dolores y las marcas del pasado en la experiencia vital, asumiendo que el ser humano nace marcado por una carencia estructural que ninguna acumulación material o afectiva podrá saldar por completo.
Este planteo de Rolón no surge de manera aislada en su carrera: se inscribe en un contexto cultural donde el consumo de recetas de autoayuda rápidas y la mercantilización del bienestar presionan a los individuos a “superar” y tapar velozmente los duelos. El analista, una de las figuras más influyentes de la divulgación clínica en la Argentina —un país que históricamente registra una de las tasas de psicólogos por habitante más altas del mundo—, confrontó de manera directa esta tendencia. Advirtió que intentar obturar pérdidas fundacionales, como el fallecimiento de un progenitor, con nuevos vínculos es una trampa cognitiva; los otros aportan desafíos nuevos, pero jamás operan como repuestos de lo perdido.
El punto de mayor tensión ética y existencial de su análisis se dio al abordar la dinámica del poder dentro de las relaciones afectivas. Rolón definió al amor como “ese invento maravilloso para engañar por un rato a la muerte”, pero le sumó una dimensión de rigurosa responsabilidad afectiva: amar implica otorgar voluntariamente un poder sobre uno mismo al otro, y la sanidad vincular reside exclusivamente en la renuncia consciente a usar ese poder para dañar. Con una firmeza que rozó lo confesional, el analista ilustró su postura con sus propias determinaciones de vida: “Yo soy alguien que no está dispuesto a quedarse un solo día al lado de alguien que ya no ame”, exponiendo la crudeza de su propia búsqueda ética.
De cara a la práctica de la terapia y el análisis clínico, Rolón planteó que el verdadero objetivo no es la adaptación silenciosa del paciente a su entorno, sino la capacidad de torcer el destino prefijado para dejar de ser esclavos de las expectativas de terceros. Este camino, según su perspectiva, exige un acto de extrema valentía: mirarse hacia adentro sin sentir vergüenza de lo que se descubre y abandonar la comodidad anestésica de los lugares comunes. El escenario que se abre para el sujeto que asume este desafío no es el de una paz imperturbable, sino el de una perturbación creativa indispensable para adueñarse de las decisiones propias.
En definitiva, la advertencia del analista resuena con fuerza en una época obsesionada con la postergación del envejecimiento, la productividad constante y la sobreexposición digital. El núcleo de su tesis devela que la felicidad no es una meta a alcanzar, sino un conjunto de instantes efímeros que solo adquieren valor real cuando se acepta la propia finitud. Al recordar que la huella que dejamos en quienes amamos es la única barrera real contra la nada, Rolón no solo redefine el éxito existencial, sino que le devuelve al sujeto la enorme responsabilidad de habitar con coraje el presente.















